martes, 30 de abril de 2013

Queen



Foto de Gregoire Bouguereau que grafica bastante bien cómo me siento hoy (claramente soy el ciervito a punto de ser devorado)



No se en qué momento la vida dejó de ser divertida. Pero eso sucedió. De repente las salidas de la noche ya no son el antídoto a todo mal y el miedo a fracasar profesionalmente tomó protagonismo. Para colmo una ya no puede ni deprimirse sin sentir culpa. En Facebook, Twitter e Instagram, carteles con frases alentadoras del estilo: "Si no te gusta tu rutina cámbiala" y eso en el mejor de los casos, porque lo más probable es que encuentres 48 versiones de la pobre y megautilizada metáfora del vaso medio lleno o medio vacío. A la mierda con los vasos. Como si la vida adulta fuera tan simple. Y las redes sociales enredan aún más la confusión. No puedo creer ser adicta a la peor forma de ocio jamás inventada. Pierdo el tiempo viendo los nuevos seres humanos que llegan al mundo, hermosos gatitos en adopción, ex´s, lo cool que es esa raquítica hipster wannabe... La industria del qué dirán en su máxima expresión: Dirán que estoy perdiendo el tiempo con mis decisiones, que perdí el rumbo, que perdí oportunidades... que perdí. Me encantaría tener una respuesta para ellos, digo, mis miedos. Pero por ahora se instalaron en mi cerebro y no quieren salir. O yo no quiero que se vayan porque ¿Qué pasará después? ¿Cómo lograré ser una chica exitosa? ¿Me aceptaré si soy una fracasada en unos años? Under pressure, I want it all y Show must go on, todo en una misma canción.

sábado, 13 de abril de 2013

Regalo de navidad

Ilustración de Amy Winehouse por las calles del Gótico. Foto tomada por mi y por un celular muy malo.
Eran las doce cuando terminé de trabajar y eso me importó muy poco. Podría haber tenido un poco de lástima de mi misma por no estar comiendo vitel toné con ensalada de kanicamas, pensando en la salida veraniega que todos los años planeaba post-cena con mis amigas porteñas, pero no. Salía de mi trabajo como recepcionista en un hostel que se llamaba "Paraíso", un paraíso que olía a cañerías viejas y a enemigos del agua.
Acá la navidad siempre es fría y sucede cuatro horas antes que en Buenos Aires. Frené a un taxista que demostrada el mismo desinterés por las fiestas que yo. Le dije la dirección y apretó el acelerador a fondo, se ve que había que hacer la mayor cantidad de viajes posibles en esa noche.
En media hora el combo baño-makeup-vestido-cerveza y cigarrillo-en-sillón ya estaba consumado. Alejandro se había ido hace un día de casa, así que sin nadie que opinara, me puse perfume y me fui. Bueno, antes de irme lo vi a Morgan mirándome con sus ojitos redondos pidiendo un poco de amor humano, así que lo agarré e hicimos un poco de dancing apretados frente al espejo con música imaginaria. No se quejó y como siempre me regaló un par de ronrones.
A la noche, taconear con las pestañas bien arriba por la avenida Passeig de Gracia da la sensación de que podés conseguir todo lo que quieras. Lo que sea. Barcelona es una chica oscura y hermosa. No se deja  conquistar. Te seduce sin problemas, pero antes de adoptarte, te pone a prueba. Es elegante y antigua, la noche la convierte en gótica, irresistible.
Caminé hasta Plaza Catalunya y en unos bancos sobre rambla Catalunya me encontré con una de mis nuevas amigas. Entramos a la discoteca, bailamos un poco de techno y salimos a fumar mientras tomábamos cerveza. De repente eran las cinco de la mañana y con un poco de mareo volví a casa para acostarme en la cama que esa noche era toda para mi. La aventura navideña no había terminado. Al día siguiente un avión me dejaría en un desconocido destino con olor a TCH, Amsterdam.

miércoles, 10 de abril de 2013

Amor a primera visita.


Linda fuente en cruce famoso de la ciudad: Paseig de Gracia y Gran Via. Ph: Verónica Camaño
Hace un año y medio decidí tener una cita a ciegas con Barcelona. Todo comenzó en Buenos Aires, cuando mi familia inauguró un hermoso hostel en Recoleta llamado Reina Madre. El nombre se lo eligió mi hermana Julieta pero hace referencia a Carmen, mi madre. O el centro neurálgico de una familia claramente matriarcal.

Los primeros en llegar fueron dos hermanos de Seattle, Jennifer y Justin. Mi hermano Lucas y yo los estábamos esperando con ansiedad y con miedo de no poder traducir nuetsras bromas y buena onda al inglés. Pero las ganas de conocerlos, experimentar como anfitriones y mostrarles lo mejor de nuestra ciudad nos llevó a tener el hostal cada vez más lleno de gente contenta. Gente especial que llegó al mismo lugar donde nosotros estábamos por algo. Como la inglesa hiperactiva que terminó siendo mi mejor amiga junto con la alemana artista Lindis. Las tres nos volvimos un trío dinámico internacional en busca de diversión. Llegó Jeff, el chico de San Francisco, Jay, un loco -muy loco- de Holanda, unas suecas que enseñaban manualidades que habían aprendido a hacer en Latinoamérica...  Mucha gente, muchas historias y culturas diferentes.

A este lugar encantado lo había encontrado mi abuelo Manuel, un gallego que con mucho esfuerzo había logrado escapar de una España en guerra y llegar a Buenos Aires que lo recibió con los brazos abiertos y llenos de oportunidades. El tiempo pasó, las experiencias e información provenientes de otras bocas de otros países iban llegando a mis oídos...Era normal que el bichito que nos empuja a querer vivir nuevas aventuras empezara a picar más y más. Más cuando el jefe que tenía en mi trabajo era un psicópata al que no quería verle más la cara y cuando mi novio me estaba invitando a seguir enamorándonos en la ciudad donde él vivía.

No había mucho que pensar. Yo quería un cambio radical hacía tiempo, salir de la comodidad de la ciudad madre, arriesgarme. Esta era mi oportunidad. Si mis abuelos lo habían hecho antes, ¿Por qué no ser yo, la tercera generación, que volvía al viejo continente? Sin muchos planes y con el amor de la mano tomé un avión y llegué a Barcelona. Un año y medio después pienso que esa cita a ciegas fue una locura. Pero una locura de la que nunca me voy a arrepentir.